El Libro Mágico del Rey Arturo
El Libro Mágico del Rey Arturo
En un rincón escondido del bosque encantado, donde los árboles susurraban secretos antiguos y la niebla brillaba con luz propia, vivía Abigaíl, un hada mágica de alas plateadas.
Abigaíl no era un hada cualquiera. Tenía una misión.
—Debo encontrar al Mago Merlín —dijo una mañana, mientras el rocío iluminaba las hojas—. Solo él puede ayudarme.
El bosque era extenso, lleno de senderos que cambiaban de lugar y criaturas que observaban en silencio. Durante días, Abigaíl voló entre robles milenarios y cruzó arroyos que cantaban melodías antiguas, hasta que finalmente lo encontró.
Allí, entre los árboles, había una pequeña casa de madera. De su interior salía humo suave, y en una mesa, junto a la ventana, estaba Merlín.
El gran mago escribía.
Pero no escribía hechizos.
Escribía poemas… y antipoemas.
—Te estaba esperando, Abigaíl —dijo sin levantar la vista.
El hada se sorprendió.
—Necesito tu ayuda, sabio Merlín —respondió ella—. El Rey Arturo debe ganar el concurso de literatura del Reino Unido.
Merlín dejó la pluma y la miró con una sonrisa leve.
—¿Un rey que necesita palabras para gobernar?
—No solo palabras —dijo Abigaíl—. Necesita un libro. El mejor libro de todos. Uno que demuestre que es inteligente, sabio… y digno de gobernar Inglaterra.
Merlín se levantó lentamente.
—El poder siempre ha tenido adversarios —murmuró—. Pero un buen libro… puede ser más fuerte que una espada.
Esa noche, bajo la luz de las estrellas, Merlín comenzó a escribir.
Las palabras fluían como magia pura. Cada página brillaba, cada frase tenía vida. No era solo un libro… era un reflejo del alma del reino.
Abigaíl observaba en silencio, sintiendo que algo extraordinario estaba naciendo.
Cuando el libro estuvo terminado, Merlín lo cerró con cuidado.
—Este no es solo un libro para ganar un concurso —dijo—. Es un libro para recordar quién es realmente el Rey Arturo.
Abigail tomó el libro con delicadeza.
—Gracias, Merlín.
Y sin perder tiempo, voló hacia el castillo.
Días después, en el gran concurso de literatura, el libro fue presentado ante sabios, poetas y nobles de todo el reino.
El silencio llenó la sala mientras leían.
Y luego…
aplausos.
El Rey Arturo no solo ganó el concurso.
Ganó algo más importante: el respeto de su pueblo.
Desde ese día, su reinado se fortaleció. No por la espada, ni por la corona… sino por las palabras.
Y en lo profundo del bosque encantado, Merlín volvió a sonreír.
Porque sabía que, a veces, la magia más poderosa era poder escribir un libro de fantasía capaz de encantar a todo el mundo.
Fin.
Michael River

Comentarios
Publicar un comentario