Cabeza de chancho
CABEZA DE CHANCHO Me llamo Andrea Campos. Vivo en un hospital psiquiátrico y no sé cuándo podré volver a mi casa. Las rejas se parecen, a veces, a los pupitres del San Bartolomeo: líneas ordenadas, sombras que se repiten, voces que nunca terminan de callarse. Pienso en el colegio más que en cualquier otra cosa. Allí empezó todo. Era la hora del recreo; iba otra vez atrasada. La profesora, con esa voz que guarda paciencia como un tesoro y nunca lo entrega, me clavó la pregunta: —¿Por qué llegas siempre tarde Andrea, ¿Se te perdió algo? Anda a sentarte en tu puesto, que empezamos Matemáticas. Saquen el Santillana, por favor. En ese salón yo llevaba dos vidas: la que se veía en los exámenes y la que se quedaba escondida en los espejos del baño. Nadie sabía que vomitaba después de comer para parecer más delgada, para encajar en un reflejo que no era el mío. Quería ser la más regia de la graduación, ponerme vestido y que me dijeran: te ves estupenda. Era casi fin de año y ya venía la ...