LA PACIENCIA DE SAN PEDRO: CUENTO CORTO

 


LA PACIENCIA DE SAN PEDRO

San Pedro fue, antes de convertirse en el guardián del cielo, un sencillo pescador palestino. Pasaba sus días en las aguas del Mar de Galilea, remando en un pequeño bote de madera, luchando contra el oleaje y aguardando con paciencia la pesca que luego vendería en el mercado del pueblo. Tenía las manos ásperas, la piel curtida por el sol y una vida humilde, pero tranquila. Sin embargo, cuando dejó la Tierra, su destino cambió para siempre.

Ahora, en el cielo, San Pedro cumple una labor eterna. Es el recepcionista del paraíso, el portero de las puertas celestiales. Durante incontables años ha recibido almas, anotado nombres en una lista infinita y decidido quién puede entrar y quién debe esperar. No existen pausas ni vacaciones. Cada día, miles de espíritus forman una larga fila, con miradas cargadas de ansiedad y esperanza, aguardando su turno.

Su escritorio es de mármol blanco, frío e impecable. Sobre él descansa un reloj de oro que jamás se detiene y marca el tiempo de las eternidades. Frente a San Pedro, una escalera blanca se eleva desde la Tierra cada vez que alguien muere. Por ella ascienden las almas, algunas temerosas, otras serenas, cargando recuerdos y silencios. San Pedro los recibe con paciencia, aunque en su interior comienza a sentirse agotado.

A menudo se pregunta hasta cuándo podrá continuar con aquella tarea interminable. El cansancio pesa más que antes.

Un día, mientras terminaba de recibir a un grupo de almas provenientes de distintos rincones del mundo, un estruendo sacudió el cielo. Era Dios, cuya presencia imponía respeto y asombro. Su figura parecía un edificio viviente: alta, firme, con una barba blanca que brillaba como la nieve y una túnica de seda que cambiaba de color con la luz. Aquella vez llevaba un pañuelo violeta sobre el hombro.

Dios habló con una voz que resonó como mil campanas al mismo tiempo. Le recordó a San Pedro que conocía su cansancio y su esfuerzo, pero también quiso hacerle saber algo esencial: la paciencia es una virtud sagrada. No cualquiera puede desempeñar esa labor, y San Pedro había demostrado ser el mejor.

San Pedro inclinó la cabeza, sintiéndose pequeño ante tanta grandeza. Confesó que se sentía atrapado en una rutina eterna, enfrentando las mismas decisiones día tras día, sin tiempo para nada más. Preguntó cómo podía recuperar el ánimo.

Dios lo miró con ternura y le dio un consejo: la paciencia no se aprende solo soportando el cansancio, sino encontrando alegría en los detalles más pequeños. Como recompensa por su servicio, le anunció que recibiría un regalo destinado a hacerlo reír y a recordarle la importancia de la ligereza.

El regalo llegaría en forma inesperada: un escritor chileno llamado Michael River, conocido por mezclar imaginación y humor, traería consigo una esfera de cristal indestructible con un duende irlandés encerrado dentro.

San Pedro no comprendió de inmediato. Un duende verde parecía una idea extraña para el cielo. Sin embargo, un rayo de luz iluminó el escritorio y, de pronto, apareció el escritor, delgado, barbado y de mirada soñadora. Traía una caja de madera. Dentro, reposaba la esfera de cristal con un diminuto duende vestido de verde, barba pelirroja y sombrero puntiagudo.

Apenas apareció, el duende comenzó a gritar indignado, exigiendo su libertad y reclamando derechos. Su voz aguda, sus gestos exagerados y sus pucheros resultaron imposibles de ignorar. San Pedro no pudo evitar reír.

Le habló con calma, explicándole que no podía liberarlo, pero que lo cuidaría y sería su compañía. Cada vez que agitaba la esfera, el duende giraba sin control, protestando, pidiendo cerveza y acusando a San Pedro de crueldad. Aquello, lejos de incomodarlo, alivió el peso de su labor.

Desde entonces, el duende acompaña a San Pedro en su trabajo. Cuando las filas de almas se vuelven interminables y la tensión aumenta, él muestra la esfera. Muchos espíritus ríen por primera vez en siglos. El ambiente se vuelve más liviano y el corazón de San Pedro recupera energía.

En una de sus visitas, Dios le recordó que no todo debe ser solemne y que la paciencia también es aprender a reír en medio de las tareas más duras. San Pedro comprendió entonces que no es la cantidad de trabajo lo que agota, sino la falta de alegría.

Con el tiempo, incluso el duende cambió su tono. Admitió que, aunque estaba atrapado, nunca se había divertido tanto y que tal vez la libertad también consiste en saber reír, incluso cuando no se puede correr por la pradera.

Gracias al regalo divino y al inesperado acompañante, San Pedro recuperó la paciencia. Aprendió que ser paciente no es solo esperar, sino encontrar un propósito y una sonrisa mientras se espera.

Hoy continúa cumpliendo su labor eterna. Y cuando el cansancio aparece, agita la esfera, escucha al duende quejarse y sonríe. Así ha descubierto que la paciencia es, en verdad, la forma más pura de sabiduría.


Fin.

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