Las aventuras de Bobby Generic
Las aventuras de Bobby Generic
Bobby Generic tenía cuarenta años y una sonrisa que contagiaba amabilidad. Era un escritor famoso, autor de varios best sellers que se vendían en librerías y por todo internet. Vivía en Santiago de Chile, en un departamento lleno de libros, plantas y tazas de café vacías, testigos de sus largas noches frente al computador.
Afuera, su auto plomo lo esperaba siempre dispuesto para recorrer la ciudad. A veces manejaba sin rumbo, solo para inspirarse con las luces del atardecer cayendo sobre los cerros. Santiago era su escenario, su musa silenciosa.
Aquella tarde de otoño, Bobby estaba en su cafetería favorita, sentado junto a la ventana. En la mesa tenía una libreta, un café humeante y un pastel de crema que parecía una pequeña obra de arte. Observaba la gente pasar mientras pensaba en el final de su nueva novela: “El tesoro del duende al final del arcoíris.”
Era su último libro, el más importante. Sentía que con él cerraría un ciclo.
—Solo un capítulo más —murmuró sonriendo—. Uno más, y podré dejar que el duende encuentre su destino.
En ese instante, una ráfaga de viento abrió su libreta. Las páginas se movieron solas, como si una fuerza invisible las hojeara. Bobby rió para sí mismo.
—Parece que hasta los duendes quieren que termine hoy.
Pagó la cuenta, subió a su auto y condujo por las calles húmedas después de la lluvia. Las luces de los semáforos se reflejaban en el asfalto como pequeños arcoíris.
Cuando llegó a su departamento, encendió su lámpara de escritorio y comenzó a escribir. Sus dedos se movían rápido, casi sin pensar, como si las palabras vinieran desde otro lugar.
A medianoche, escribió la última frase:
“Y al final del arcoíris, el verdadero tesoro estaba escondido, esperando su próximo dueño”
Guardó el archivo, suspiró y miró por la ventana. Una débil curva de colores aparecía en el cielo nocturno. No podía ser… ¿un arcoíris mágico a esa hora?
Bobby sonrió. Tal vez el duende le estaba agradeciendo.
Apagó el computador, se sirvió un refresco, y pensó que, si todo salía bien, mañana podría subir su novela a internet. El mundo leería el final del arcoíris… y el principio de su nueva aventura literaria.

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